NOTA PUBLICADA EN EL

PERIÓDICO DESDE BOEDO

AÑO X – Nº 112 – OCTUBRE 2011

www.periodicodesdeboedo.com.ar

El gato escaldado: libros y magia en Boedo

Por Edgardo Lois

 

Celia Zavala y Marcelo López dicen habitar en territorio mágico, y para construirlo no utilizaron una piedra de basamento sino un poético gato fundacional. Celia y Marcelo son libreros, o estudiantes de librero, una carrera que lleva una vida, y que de alguna manera se opone a la inercia sombría de los tiempos: si ellos se apasionan por ser libreros, el oficio no será ausencia. Para establecer un encuentro cercano del tercer tipo con estos seres, el público lector de Buenos Aires deberá acercarse al barrio de Boedo, solo es cuestión de llegar hasta “El gato escaldado”, una librería atendida por libreros.

La charla con Marcelo transcurre en el patiecito de la librería: ¿Qué es un libro?, pregunto, y el librero contesta: Más allá de la discusión sobre el formato digital, el libro es un objeto material al que llegó el ser humano a través de la historia, y en él hay una variedad de contenidos que tienen que ver con el conocimiento, los sentimientos, con la comunicación, con todo aquello que produce el hombre. Es un transmisor de experiencias personales o lúdicas.

Recordé la vez que vi a Saramago con un ejemplar de La caverna entre sus manos, el escritor dijo que el libro no debía perderse, porque dentro de él había una persona: el autor. El librero coincide y empieza a dar vuelta la página: Sí, siempre está el autor, siempre hay una persona detrás, y también hay que entender que existe el “mecanismo libro” formado por el mercado, los editores y nosotros, los libreros. Hace muchos años que pienso en el librero como nexo, y la idea me gusta, a veces un nexo directo, en otras ni te enterás del alcance, no digo que esto suceda a cada momento, pueden pasar días sin que pase nada, vienen a pedirte libros para el colegio y ya está, pero la magia puede suceder cuando aparece el que busca, el que puede escuchar una sugerencia, el contacto sucede cuando te cae un libro en las manos, leés, te llega y después se lo podés transmitir a otro. Marcelo López insiste en la magia: Si una librería no tiene magia te convertís en un supermercado, en un shopping donde solo hay productos; el volumen de contenidos que hay en una librería da para la magia, y ahí es cuando uno se dice “qué bueno que está el laburo que elegí”. Ocurre que a veces no te enterás, pero la situación mágica está siempre latente. El libro es medio mágico como objeto, porque tiene palabras, pero no es literal, hay muchos costados que se te escapan, las reacciones ante el mismo libro son distintas, esto es mágico porque no es calculable. Consulto por los orígenes de “El gato escaldado”: La librería tenía que ser en Boedo, nosotros somos de Boedo. Está por cumplir cinco años. Hacía tiempo que teníamos ganas de encarar un proyecto personal, los dos veníamos de frustraciones laborales. Teníamos ganas, pero no llegábamos. Hasta que en una semana nos ofrecieron una guita en préstamo y apareció el local. Celia siempre quiso tener una librería, ella solo había trabajado en editoriales, no en la venta; yo sí, llevo en el libro unos quince años: librerías, bibliotecas, editoriales, centros culturales, algunos no fueron buenos trabajos, pero ese tránsito me permitió entender muchas cosas del libro; una librería no es solo tener un libro y venderlo, aprendí a pensar en el objeto libro. En Boedo no había librería y es barrio con tradición librera; siempre pensamos en una librería a la que nosotros iríamos, después juegan las posibilidades que tenés para conseguir el material y lo que el barrio te demanda, en esos primeros momentos te preguntás qué va a querer la gente, si va a coincidir o no con lo que a nosotros nos gusta, querés saber si la librería es posible, y parece que sí. ¿Cuál era la idea?: Una librería que trabajara con literatura argentina y latinoamericana, ciencias sociales y literatura infantil, y hoy la librería se especializa en eso, porque nosotros lo propusimos y por los intereses del público. Después hay jardinería, autoayuda, cocina, esoterismo, es una librería general, pero con una especialización. Consulto por el tipo de público: Viene la gente del barrio, pero también hay mucha gente de paso, porque Boedo, me parece, es por un lado un barrio lateral, pero a la vez está en la línea del centro; viene mucha gente a trabajar y a estudiar, los estudiantes buscan novelas, psicología vendemos poco, y también pasan las jubiladas después de cobrar. Tener todos los libros es imposible, pregunto por cómo se manejan con los faltantes: Conseguimos lo que no tenemos en stock, tomamos el pedido y cumplimos con el cliente, no es fácil, hace diez años todavía podía llamar a una distribuidora y hacer una consulta sobre libros, hoy no, nadie sabe nada, te podés encontrar con uno que sabe, pero ese dura poco, es la excepción; es un servicio complejo, pero consolida la relación del cliente con el lugar, como siempre, hay gente que lo valora y otra que no, el trato con la gente es complicado, te exige todo. Cuesta hacerle entender a la madre de colegio que no tenés el libro. Un clásico de la desesperación, agrego: Una tipología clara (se ríe), la identificás enseguida, es tan notoria como lo es un ratón de biblioteca, ella exige urgente, el otro es silencioso, tiene tiempo, y te aparece con dos libros que ni vos te acordabas que tenías. Insisto sobre el color del público lector: Está el que viene guiado por el suplemento cultural, pero esto hoy es relativo, es tanto el material que se publica que no hay lugar físico de exhibición ni en los medios ni en las librerías, es un delirio de novedades cada mes; está el que viene buscando un autor, un libro que sabe que quiere leer; y también viene el que mira y puede aceptar una recomendación del librero. En los 90 desaparecieron gran parte de las librerías chicas, librerías de autor, y coparon la parada las cadenas de librerías, un fenómeno parecido ocurrió con las editoriales, solo quedó lugar para el poder, un lugar muy distante de, por ejemplo, la figura de los viejos libreros editores. Marcelo lo sabe, pregunto por la historia presente, después de los días del miserable de Anillaco: El cambio lo da la gente que habita esta ciudad, gente que no se queda quieta, que necesita una librería distinta, esta es una ciudad con una tradición lectora y editora importante, creo que por eso aparecieron librerías y editoriales que publican otro material, no el de Planeta, que puede sacar dos novedades interesantes y del resto mejor ni hablar; casos como Adriana Hidalgo, que aparece como editorial chiquita y que hoy tiene un catálogo muy bueno; el Cuenco de Plata va por ese camino. El librero menciona editoriales: Cactus, Caja negra, Entropía, Eterna cadencia, Abran cancha.

¿Por qué el nombre: El gato escaldado?: Cuando conocí a Olivari me partió el bocho, yo soy licenciado en letras y ahí Olivari existe en una materia marginal, y creo que muchos lo conocimos a través de Eduardo Romano, que daba la materia. Lo primero que leí fue el texto de apertura del poemario “El gato escaldado”(1929) y me encontré con un tipo que superaba en los años 20, 30, los planteos y diferencias entre Boedo y Florida. Olivari es un lado B de la poesía de ese momento, es el lugar donde quedan los temas que no entraron en el disco y que muchas veces son mejores que los que sí están; un tipo tapado que tiene vigencia y oscuridad, es el lado B de Borges, que te habla de Buenos Aires y todo bien, me gusta, pero Olivari levanta la alcantarilla. Estuvo entre Boedo y Florida, una división que no era tan clara, y nos interesó rescatar una figura no encasillada en vez de andar buscando un escritor de Boedo que nos representara en el nombre, preferimos Olivari a Barletta o Yunque. La librería se llama así porque Olivari pegó fuerte y porque nos encantan los gatos.

Pido una anécdota de librería: Hay una que me gusta mucho. Hace muchos años atendí a una señora que me dijo que quería un libro que la acompañara, que estaba pasando un mal momento. Le ofrecí uno que me encanta recomendar: “Secretos de familia” de Graciela Cabal. Graciela todavía vivía, la conocí, y además yo trabajaba con una de sus hijas, Julieta. Pasó el tiempo y un día Julieta me comenta que la madre había recibido una carta de una mujer que tenía cáncer y que le agradecía el libro porque realmente la había ayudado mucho. En la carta hablaba de cómo le había llegado el libro a las manos. Había sido yo. El círculo era perfecto e intervenían los personajes principales: el autor, el lector y el librero, el nexo. Todos dentro de lo que hablábamos: el posible territorio de la magia. Y de esta magia, por suerte, me enteré.

Los libreros de “El gato escaldado” creen en la búsqueda, en las expresiones nuevas; en la librería nunca se hizo la presentación de un libro, lo más parecido, por el libro de un amigo, fue hacer una juntada para tomar vino: nadie habló de análisis literario y de las bondades personales del autor; hicieron, mientras hubo paredes libres, muestras fotográficas, también proyectaron cortos; hubo lecturas acompañadas por música y performances de distinto tipo. El salón de “El gato escaldado” queda ajustado, no sobra espacio, diría que estos libreros también se especializan en acomodar sus ganas: cuando el lugar no alcanza, por ejemplo, montan su Picnic de lectura: en la Semana de Boedo se vio intervenido el espacio público, la calle y la plaza, con una alfombra de pasto sintético, almohadones de colores, sombrilla y una canasta con libros (los sanguchitos dependen del lector). Una invitación clara: la lectura.

Un último dato, en “El gato escaldado” siempre se escucha buena música y la propuesta de los libreros es amplia, puede sonar Led Zeppelin y un momento después Aníbal Troilo. En definitiva, como todo gato, mimoso, con carácter e identidad.

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El gato escaldado: libros y magia en Boedo

Por Edgardo Lois

Celia Zavala y Marcelo López dicen habitar en territorio mágico, y para construirlo no utilizaron una piedra de basamento sino un poético gato fundacional. Celia y Marcelo son libreros, o estudiantes de librero, una carrera que lleva una vida, y que de alguna manera se opone a la inercia sombría de los tiempos: si ellos se apasionan por ser libreros, el oficio no será ausencia. Para establecer un encuentro cercano del tercer tipo con estos seres, el público lector de Buenos Aires deberá acercarse al barrio de Boedo, solo es cuestión de llegar hasta “El gato escaldado”, una librería atendida por libreros.

La charla con Marcelo transcurre en el patiecito de la librería: ¿Qué es un libro?, pregunto, y el librero contesta: Más allá de la discusión sobre el formato digital, el libro es un objeto material al que llegó el ser humano a través de la historia, y en él hay una variedad de contenidos que tienen que ver con el conocimiento, los sentimientos, con la comunicación, con todo aquello que produce el hombre. Es un transmisor de experiencias personales o lúdicas.

Recordé la vez que vi a Saramago con un ejemplar de La caverna entre sus manos, el escritor dijo que el libro no debía perderse, porque dentro de él había una persona: el autor. El librero coincide y empieza a dar vuelta la página: Sí, siempre está el autor, siempre hay una persona detrás, y también hay que entender que existe el “mecanismo libro” formado por el mercado, los editores y nosotros, los libreros. Hace muchos años que pienso en el librero como nexo, y la idea me gusta, a veces un nexo directo, en otras ni te enterás del alcance, no digo que esto suceda a cada momento, pueden pasar días sin que pase nada, vienen a pedirte libros para el colegio y ya está, pero la magia puede suceder cuando aparece el que busca, el que puede escuchar una sugerencia, el contacto sucede cuando te cae un libro en las manos, leés, te llega y después se lo podés transmitir a otro. Marcelo López insiste en la magia: Si una librería no tiene magia te convertís en un supermercado, en un shopping donde solo hay productos; el volumen de contenidos que hay en una librería da para la magia, y ahí es cuando uno se dice “qué bueno que está el laburo que elegí”. Ocurre que a veces no te enterás, pero la situación mágica está siempre latente. El libro es medio mágico como objeto, porque tiene palabras, pero no es literal, hay muchos costados que se te escapan, las reacciones ante el mismo libro son distintas, esto es mágico porque no es calculable. Consulto por los orígenes de “El gato escaldado”: La librería tenía que ser en Boedo, nosotros somos de Boedo. Está por cumplir cinco años. Hacía tiempo que teníamos ganas de encarar un proyecto personal, los dos veníamos de frustraciones laborales. Teníamos ganas, pero no llegábamos. Hasta que en una semana nos ofrecieron una guita en préstamo y apareció el local. Celia siempre quiso tener una librería, ella solo había trabajado en editoriales, no en la venta; yo sí, llevo en el libro unos quince años: librerías, bibliotecas, editoriales, centros culturales, algunos no fueron buenos trabajos, pero ese tránsito me permitió entender muchas cosas del libro; una librería no es solo tener un libro y venderlo, aprendí a pensar en el objeto libro. En Boedo no había librería y es barrio con tradición librera; siempre pensamos en una librería a la que nosotros iríamos, después juegan las posibilidades que tenés para conseguir el material y lo que el barrio te demanda, en esos primeros momentos te preguntás qué va a querer la gente, si va a coincidir o no con lo que a nosotros nos gusta, querés saber si la librería es posible, y parece que sí. ¿Cuál era la idea?: Una librería que trabajara con literatura argentina y latinoamericana, ciencias sociales y literatura infantil, y hoy la librería se especializa en eso, porque nosotros lo propusimos y por los intereses del público. Después hay jardinería, autoayuda, cocina, esoterismo, es una librería general, pero con una especialización. Consulto por el tipo de público: Viene la gente del barrio, pero también hay mucha gente de paso, porque Boedo, me parece, es por un lado un barrio lateral, pero a la vez está en la línea del centro; viene mucha gente a trabajar y a estudiar, los estudiantes buscan novelas, psicología vendemos poco, y también pasan las jubiladas después de cobrar. Tener todos los libros es imposible, pregunto por cómo se manejan con los faltantes: Conseguimos lo que no tenemos en stock, tomamos el pedido y cumplimos con el cliente, no es fácil, hace diez años todavía podía llamar a una distribuidora y hacer una consulta sobre libros, hoy no, nadie sabe nada, te podés encontrar con uno que sabe, pero ese dura poco, es la excepción; es un servicio complejo, pero consolida la relación del cliente con el lugar, como siempre, hay gente que lo valora y otra que no, el trato con la gente es complicado, te exige todo. Cuesta hacerle entender a la madre de colegio que no tenés el libro. Un clásico de la desesperación, agrego: Una tipología clara (se ríe), la identificás enseguida, es tan notoria como lo es un ratón de biblioteca, ella exige urgente, el otro es silencioso, tiene tiempo, y te aparece con dos libros que ni vos te acordabas que tenías. Insisto sobre el color del público lector: Está el que viene guiado por el suplemento cultural, pero esto hoy es relativo, es tanto el material que se publica que no hay lugar físico de exhibición ni en los medios ni en las librerías, es un delirio de novedades cada mes; está el que viene buscando un autor, un libro que sabe que quiere leer; y también viene el que mira y puede aceptar una recomendación del librero. En los 90 desaparecieron gran parte de las librerías chicas, librerías de autor, y coparon la parada las cadenas de librerías, un fenómeno parecido ocurrió con las editoriales, solo quedó lugar para el poder, un lugar muy distante de, por ejemplo, la figura de los viejos libreros editores. Marcelo lo sabe, pregunto por la historia presente, después de los días del miserable de Anillaco: El cambio lo da la gente que habita esta ciudad, gente que no se queda quieta, que necesita una librería distinta, esta es una ciudad con una tradición lectora y editora importante, creo que por eso aparecieron librerías y editoriales que publican otro material, no el de Planeta, que puede sacar dos novedades interesantes y del resto mejor ni hablar; casos como Adriana Hidalgo, que aparece como editorial chiquita y que hoy tiene un catálogo muy bueno; el Cuenco de Plata va por ese camino. El librero menciona editoriales: Cactus, Caja negra, Entropía, Eterna cadencia, Abran cancha.

¿Por qué el nombre: El gato escaldado?: Cuando conocí a Olivari me partió el bocho, yo soy licenciado en letras y ahí Olivari existe en una materia marginal, y creo que muchos lo conocimos a través de Eduardo Romano, que daba la materia. Lo primero que leí fue el texto de apertura del poemario “El gato escaldado”(1929) y me encontré con un tipo que superaba en los años 20, 30, los planteos y diferencias entre Boedo y Florida. Olivari es un lado B de la poesía de ese momento, es el lugar donde quedan los temas que no entraron en el disco y que muchas veces son mejores que los que sí están; un tipo tapado que tiene vigencia y oscuridad, es el lado B de Borges, que te habla de Buenos Aires y todo bien, me gusta, pero Olivari levanta la alcantarilla. Estuvo entre Boedo y Florida, una división que no era tan clara, y nos interesó rescatar una figura no encasillada en vez de andar buscando un escritor de Boedo que nos representara en el nombre, preferimos Olivari a Barletta o Yunque. La librería se llama así porque Olivari pegó fuerte y porque nos encantan los gatos.

Pido una anécdota de librería: Hay una que me gusta mucho. Hace muchos años atendí a una señora que me dijo que quería un libro que la acompañara, que estaba pasando un mal momento. Le ofrecí uno que me encanta recomendar: “Secretos de familia” de Graciela Cabal. Graciela todavía vivía, la conocí, y además yo trabajaba con una de sus hijas, Julieta. Pasó el tiempo y un día Julieta me comenta que la madre había recibido una carta de una mujer que tenía cáncer y que le agradecía el libro porque realmente la había ayudado mucho. En la carta hablaba de cómo le había llegado el libro a las manos. Había sido yo. El círculo era perfecto e intervenían los personajes principales: el autor, el lector y el librero, el nexo. Todos dentro de lo que hablábamos: el posible territorio de la magia. Y de esta magia, por suerte, me enteré.

Los libreros de “El gato escaldado” creen en la búsqueda, en las expresiones nuevas; en la librería nunca se hizo la presentación de un libro, lo más parecido, por el libro de un amigo, fue hacer una juntada para tomar vino: nadie habló de análisis literario y de las bondades personales del autor; hicieron, mientras hubo paredes libres, muestras fotográficas, también proyectaron cortos; hubo lecturas acompañadas por música y performances de distinto tipo. El salón de “El gato escaldado” queda ajustado, no sobra espacio, diría que estos libreros también se especializan en acomodar sus ganas: cuando el lugar no alcanza, por ejemplo, montan su Picnic de lectura: en la Semana de Boedo se vio intervenido el espacio público, la calle y la plaza, con una alfombra de pasto sintético, almohadones de colores, sombrilla y una canasta con libros (los sanguchitos dependen del lector). Una invitación clara: la lectura.

Un último dato, en “El gato escaldado” siempre se escucha buena música y la propuesta de los libreros es amplia, puede sonar Led Zeppelin y un momento después Aníbal Troilo. En definitiva, como todo gato, mimoso, con carácter e identidad.